El almuerzo del domingo,
convertido en trabajo.
Los primeros dos años en Barcelona cocinamos para amigos — argentinos extrañando, vecinos españoles curiosos por el humo en la terraza, chicos de Erasmus que nunca habían visto un chorizo recién salido de la parrilla.
La cosa se fue corriendo. Nos empezaron a pedir cumpleaños. Después una boda. Después algunos grupos que querían "lo local, pero de verdad". Compramos una parrilla portátil en serio, después otra, y nos pusimos el nombre con el que ya nos llamaban los amigos: Los Hermanos Parrilleros.
Hoy cocinamos por toda Barcelona y la costa catalana. El laburo no cambió tanto. Llegamos, prendemos el fuego, alimentamos a la mesa, dejamos todo limpio.